De la Ventana a la Pared

El vidrio está algo sucio pero igual se ve

Mi monstruo no existe

Mi monstruo tiene nombre, mil ojos, docenas de piernas.
Es común, es único e irrepetible.
Cuando grita, los volcanes empiezan proceso eruptivo, los perros convulsionan y los insectos se esconden en los más profundos escondrijos.

Mi monstruo está desde que tengo memoria.
A veces es dulce y protector, pero otras veces no.
Otras veces…no.

Mi monstruo me tiene encerrado en una celda de rieles de tren,
cautiverio de por vida ante la no corroción del material que me rodea.
Sus ojos parecerían tener el poder de Medusa pero la paraplejía te dura solo
momentos, no así la indefensión. El perpetuo eco de la decepción es su voz,
la pesada cruz de los evangelistas es su peso en bruto.

El monstruo vive conmigo.
A pesar de que quiero desahacerme de él, nunca puedo hacerlo. Está pegado a mí con sangre espesa.  Es parte de mí.
Soy su heredero, su proyección, su posesión.

Hoy, en tu nombre tristeza, he clavado mis ojos en un único punto azul, una lágrima se ha escapado por no parpadear.
Mi monstruo la olió, la seguió, la bebió.
Se ha tranquilizado. Respiro aliviado pero
siempre con alma ansiosa y sentidos alertas,
siempre con exacerbado miedo,
siempre con una única esperanza prendida.

Un día me iré con mi monstruo y, este, se convertirá en mariposa.

Algún día.

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De la ventana

Miro mis miedos a través de la ventana, trato de mancharla y opacarla para ya no ser atacada por las visiones de las aves rapiñas de mis culpas.  Sé que hace frío, mi cuerpo me lo dice pero mis manos lo viven más intensamente que otras partes; por partes se han tomado mi aliento y los acuerdos leoninos solo despiertan inconclusas reprimendas. Las protestas esperaríamos que únicamente se queden con su sufijo y puedan avanzar, pero al contrario se estancan a media palabra, involucionan, se conforman y callan. La ventana sigue estando en el mismo exacto lugar, los varandales no se han movido, mis piernas rígidas se han puesto, pero yo no me he convertido en piedra. Ahora una colibria se asoma a la ventana, reflecta en tus plumas la tenue luz del crepúsculo con lo cual expide centellas. Yo la vi explotar, tal vez yo misma exploté. La tinta no era suficiente para dibujarla, así que decidí describirla para que no se perdiera en su transformación.

Día 315

Las calles estaban más frías el día de hoy a pesar de pronósticos contrarios. He visto, camino a casa, un grupo de jóvenes jugando en la cancha multiusos del barrio, esa que siempre está rodeada por un alambre extenso. Decidí tocarlo, sentirlo. Mi mano estaba más fría que el alambre pero a lo menos pude moverlo. La vibración se extendió por toda la barrera. Los movimientos ondulados se hicieron más pequeños pero no cesaron. Los jóvenes se asustaron y yo quedé maravillada por la réplica barata de un fenómeno encantador. Después de todo parecía que una gota de lluvia, sí forma un mar.

Día 300

En la mañana tuve la oportunidad, o la desdicha según como se vea, de tener tiempo para tomar un baño de manera tranquila. Hace tiempo no lo había hecho y hoy era uno de esos días en los cuales había ahorrado suficiente cantidad de agua caliente para tomar una ducha considerablemente larga. Ya en la misma, y a merced del agua caliente, comencé a cantar. No recuerdo en qué lugar exactamente escuché o leí que una de las cosas que debías hacer siempre antes de morir, como una especie de mandamiento, era cantar en la ducha. A mitad de la canción que entonaba en este momento, recordé que escuché dicho mandamiento en una pista de audio de motivación que mi madre siempre colocaba cuando era niña mientras preparábamos tortillas de maíz, luego venían canciones religiosas grabadas una encima de la otra.

Comencé a pensar en mi desayuno. Qué tal si el día de hoy no tomaba leche y lo sustituía por té, el pan de ayer lo cortaba y simulaba que eran tostadas y pretendía que todo era un desayuno elegante. Entre mis pensamientos no advertí que el agua estaba muy caliente y cuando me di cuenta ya era demasiado tarde. Abrí el agua fría en la brevedad posible interrumpiendo la canción que tarereaba mientras me sentía asustada. El recuerdo de mi piel siendo quemada por agua hirviendo se me quedó impregnado. Al instante y para meterme más adrenalina en el cuerpo tocan la puerta muy insistentemente. Tomo una toalla y salgo apurada para encontrarme con Don Plutarco, el dueño de casa. Me pidió que no cante tan alto y me hizo notar que todos los perros de dos manzanas a la redonda estaban aullando a mi razón.

Lo despedí y de inmediato comencé a secar mi cuerpo. La espalda me escocía terriblemente, miré en el espejo el daño y vi que el no fue de segundo grado. Aún así ardía como si el sol me hubiera dado durante tres horas seguidas en la piel. De manera súbita, comencé a observar el resto de mi cuerpo con más consciencia que de costumbre. La piel pecosa, los muslos flácidos, el abdomen irregular, la espalda marcada, los brazos con vello, el rostro ojeroso, los grandes ojos, la espalda marcada, la nariz aguileña, las escasas cejas, el flequillo mojado, ¡la espalda marcada!
Quise lanzar por los aires todo rastro de mi misma, de ese reflejo monstruoso en el espejo. Eliminar las lágrimas y el rostro contraído en gritos silenciosos. Don Plutarco dijo que no cante tan alto, supuse que también aplicaba para los gritos, chillidos y llantos, de tal manera que me recompusé lo más inmeditamente posible. Me aparté del espejo, me vestí y fui a preparme el té con las imitaciones de tostadas. Evitaba llorar, pero los mocos se me salían involuntariamente; me di cuenta que obviamente ya no iba a ser un desayuno elegante.

Días 458

Mientras subía la calle muy despacio, imaginándome descalza, tratando de sentir cada parte del suelo a través de mis zapatos, sentí que algo se asentaba dentro de mí,como si hubiera pisado un fréjol mágico y de pronto una gigante planta se instalara dentro mío. Asustada me quedé quieta, inmovilizada por el terror, preguntándome en qué momento una rama devendría de mi boca de manera salvaje. Un perro estaba justo en paralelo mío, acurruado en su propio cuerpo en la acera. Nuestras miradas se encontraron, los dos teníamos los ojos vidriosos. Él tenía sarna en la oreja y una gran lagaña en su ojo derecho. Me quede así, observándolo quieta; la sensación que antes me embargaba fue sustituída por una constante identificación con aquel ser. Encorvado en sí mismo me miraba como a un alienígena, aunque para ser francos todos somos demasiados extraños para otras especies que difieran de la nuestra. Me pregunté si tal vez nuestras miradas se sentían tan parecidas porque a pesar del frío pareciera que nada nos tocara realmente o nos alcanzara en un rango de un universo a la redonda. Gotas empezaron a caer, suaves, solo garuveaba. Los dos movilizamos nuestras cabezas desconectando la mirada que sosteníamos con el otro. Él, se levantó y se marchó.Yo hice lo mismo. Ninguno podía, ni necesitaba explicar nada.

Días 358

El día de hoy hace frío. Hasta el agua se vuelve helada en mis manos, se pulveriza y la tengo que soplar hacia la quebrada para que vuelva a ser parte de ella misma. El día de hoy mis manos se congelan y mi mente está hibernando entre letras y páginas subrayadas de copias mal sacadas de libros con portadas coloridas. Las copias siempre son a blanco y negro, las copias de las copias son peores. Hoy me he levantado y me quebrado el tobillo, aunque no está quebrado pero sé que lo está, después de todo ¿cómo es más posible que me duela tanto el caminar?. Al final, me he decidido salir al sol. El tobillo parecería que se me arregló un poco, mis manos siguen frías, como el día. Me colocaré mi bufanda azul, esa que siempre deja pequeños pelitos por donde paso. Camino, esperando sin esperar.

Días 250

Gabriela suele ser una mujer muy olvidadiza. Olvida sus zapatos debajo de la cocina y sus galletas en el asiento libre del bus de regreso a casa. Muchas veces ha olvidado el cumpleaños de su planta favorita, y últimamente no recuerda anteponer un cero a los númer telefónicos antes de llamarle lo que le lleva a hablar por horas del mal servicio de comunciación con una operadora que atiende su queja. El mantel verde que coloca en su mesa es su favorito, pero esta mañana lo ha manchado de café. Antes de olvidar la mancha decide cambiarlo. En el cambio encuentra un disco comacto, ahí como en un misterioso compartimiento. Curiosa tomó su computadora, no tenía una grabadora o equipo de sonido y la que tenía sólo reproducía cassettes, y empezó a escucharlo. Contenía una pista llamada “11 de junio de 2010″.

La pista contenía el siguiente audio:

“Gaby, me siento perdido ya no tengo ningún cigarrillo. El postergar las cosas no soluciona nada y nunca ha solucionado nada, y obviamente me duele que no estés aquí conmigo. Y yo sigo siendo el tonto últil que solo estoy… Yo quiero estar contigo, que seas mía. ¡Mía! Que puedas pertenecerme. ¡Ser felices! ¿Es demasiado pedir querer estar con alguien? Yo creo que no….yo creo que no. Tus decisiones nos han llevado a este punto, tú eres la culpable de que nosotros permanezcamos así. Yo ya no puedo seguir más así. ¿cómo puedes levantarte por las mañana considerando que esta situación siga siendo así? Yo quiero a alguien que pueda estar solo conmigo y quisiera que seas tú. Si estuvieramos juntos… ¡maldición! Si estuvieramos conmigo todo estaría bien, pero no es así… no es así. No quiero migajas. Has provocado esto… Púdrete en tu miseria, porque tú has llevado al límite a mía.”

La grabación se acabó de reproducir.

Silencio.

En el silecio recordó porque decidió empezar a olvidar todo. Gritó, gritó, siguió gritando. Rodeó su cuello con sus manos asustada, era como si aún siguiera recordando las marcas de las manos de él alrededor suyo. Comenzó a llorar. El haber estado a punto de morir a manos de Silvano la habían llevado a abandonar todo. Tal vez si jamás le hubiera hablado a Silvano su perro seguiría vivo. Tal vez si no hubiera usado esa falda con pliegues en su primera cita no hubiera perdido su trabajo por la repentina mudanza. Tal vez si hubiera seguido el consejo de su amiga de “no confiar en este tipo” sus sueños no hubieran sido enterrados. Tal vez si ella hubiera cedido a todas las demandas de Silvano no hubiera tenido que huir. Tal vez si se hubiera perdido a sí misma no viviría con miedo constante.

Miedo. Por eso había decidido olvidar todo: su nombre, sus amigos, su familia, todo, para olvidar el miedo que le perseguía cada segundo. Respiró y lo hizo profundamente. Decidió vivir con miedo. Decidió vivir a pesar de todo. Respiro de nuevo. Siguió cambiando el mantel pudriéndose en la misiera de sus propias decisiones y pensó: “Supongo que ya no tengo que rehabilitar gamines”. Su reloj sonó, recordándole que iba a tarde, tomó sus llaves, lavó su jarro de café y salió de casa. El disco compacto se quedó en la computadora reproduciendo el 11 de Junio del 2010 una y otra vez hasta que la batería finalmente se agotó.

Vagos intentos

Se convierten en palpitaciones esas

conversiones que no me atreví a tener.

Los tambores de ellas me resuenan y

me muestra el camino a un trance.

Ahora me encuentro contraída,

sublimada a los ritmos que escucho

pero jamás impongo. Y se me dice

Hay que preferer perderse.”

Transformar las percusiones en sonidos agudos

Explotar en cánticos no tan mudos,

en tintas que se corren al leve roce.

Y dejar de estar.

Comenzar a ser. 

Ahora miro hacia el librero, porque la cortina siempre es del mismo color,

Koraima

Muchas realidades

Su lengua pastosa hizo que salivara y que, posteriormente, con dolor trague líquido de sí mismo. Lo que necesitaba era algo que le raspara la garganta, una bocarada de existencia previa, un trago. Sin ganas, se atrevió a levantarse de la chirriante y fría cama, a un lado dejó la cobija con un oso polar gigante que le acompañaba en estos días fríos. Avanzó el conocido camino hacia la refrigadora, que por ese entonces no se encontraba en la cocina sino en la que dizque era su sala. Tampoco era una refrigeradora lo que tenía en este entonces, era una pequeña nevera usada que mantenía frío aquello que frío debía estar. A veces se lamentaba que no mantiera fría cierta parte de sí mismo que le impulsaba a cometer huevadas, a calentar orejas, a utilizar solo una sábana en lugar de la cobija de oso y que le obligaba a redireccionar el dinero del líquido que ahora le era tan necesario hacia objetos de látex.

Toda la ciudad seguía despierta, eso era extraño para ser un martes pero a veces así suele suceder ciertos días al año. Abrió la pequeña nevera: medio queso, menos de 150 ml de leche, al fondo un pimiento pudriéndose partido a la mitad y en la parte más amplia: ¡voilá! Una botella. La tomó, parecía vacía, aun así tuvo la leve impresión (y más que todo esperanza) de que no fuera así. La destapó y la acercó hacia sus gruesos labios. Ni una gota, solo el olor. Aspiró lo más fuerte que podía ese olor con decepción insistente. Ganas no le faltaban para saciar su deseo, el dinero sí y Don Carlos ya le había fiado mucho la anterior semana. Abriendo el tarro negro de basura, de aquellos que se pueden abrir con el pie, botó la botella; deshaciéndose de manera física de la ilusión que le hizo levantarse. No suspiró, no se retorció, no se entristeció. Estaba cansado para hacerlo. Solo permaneció ahí, en la dizque sala parado junto al aparente refrigerador mirando hacia afuera. Su cara se iluminó de rojo cuando el fuego artificial que el vecino, ubicado a más de ocho cuadras, lanzó al aire explotó. Se rascó la nariz, mejor se iba a meter de nuevo bajo la cobija.

Afuera seguían viviendo las campanas de Belén.

Uso cacofonías porque me da la gana,

Koraima

Y le causaron un trombo

Érase una vez una chica que acumulaba libros en el estante que se encontraba encima de la cabecera de su cama, de esos que son primo hermanos del cielo raso. Un dia, mientras dormía, se le cayó encima de la cabeza. Los libros pendientes suelen ser muy muy resentidos.

Esa cortina amarillenta es la que nunca quiero cambiar,

Koraima